Del 13 al 16 de noviembre
 
 
 
 

SEMANA DE AUTOR

"Qué opio esperar. Con el pie izquierdo se rascó la pierna derecha en un gesto que quería decir resignación. Se llamaba Clara y ya estaba harta". La otra, la autora, se llamaba Luisa Valenzuela, tenía veintitantos años, y ese fue el modo en que eligió entrar a la literatura. Su novela, Hay que sonreír, apareció en 1966, año de gracia de la literatura que sólo en Cuba dio a la luz títulos como
Paradiso y el Cimarrón, y

fenómenos como la narrativa de la violencia y El Caimán Barbudo. Después vino un volumen de cuentos, Los heréticos, y más tarde una segunda novela: El gato eficaz. Desde entonces, Luisa Valenzuela ha publicado una docena de títulos que los traductores se han apresurado en trasladar al inglés, alemán, francés, portugués, holandés, japonés y croata.

Periodista y viajera que se sumerge con igual vocación en la política y el erotismo, Valenzuela ha debido soportar el acoso de condecoraciones y títulos académicos, libros, revistas y simposios dedicados a su obra. Centenares de artículos y reseñas se han escrito, empeñados en demostrarnos lo que han repetido a viva voz estudiosos y críticos de su obra: que Luisa Valenzuela es una de las más sobresalientes escritoras latinoamericanas de hoy. Esta semana es -en ese sentido- redundante, otra forma de acoso que, sin embargo, suponemos agregará algo a sus estudiosos y, sobre todo, a los lectores que somos.

En la fotografía más conocida de Luisa Valenzuela -cuya reproducción fue, desde el principio, una tentación que no pudimos eludir- se le ve sosteniendo la silueta de la cabeza de un gato que le cubre parcialmente el rostro. Ambos, el gato y ella, nos miran. Resulta inquietante darnos cuenta de que sólo hay tres ojos, porque uno de los de ella mira a través del ojo derecho del felino. Esa mirada ambigua y compartida parece sintetizar el mundo de Luisa Valenzuela. Descubrir a la escritora oculta en esa extraña esfinge de rostro gatuno, es el propósito mayor de estas páginas y de estas jornadas.